jueves, 11 de agosto de 2011

Penjing superviviente

La cajetilla de cigarros estaba en el mismo lugar donde la había dejado. De hecho ahora que lo pensaba, siempre dejaba sus cigarros en el mismo lugar de siempre; arriba de la mesita negra a un lado del bonsái. Éste bonsái era un superviviente extremo, en serio. Siempre olvidaba rociarle agua, pero eso es lo bueno de la fotosíntesis. Tomó la cajetilla he hizo nota mental de regar el bonsái superviviente en la noche.






¡Chlick! ¡Chlick! Nada ¡Chlick!... y por fin al último ¡Chlick!, el encendedor había chamuscado la punta del cigarro. Típico. Los cigarros no hacen más que matar a uno y chamuscarse así mismos. Soy unos suicidas en potencia.


Una bocanada y dos bocanadas de humo gris. Otra bocanada. Una bocanada más que se columpiaba sobre la curvatura incierta de una bocanada de humo antecesora. Y como veían que resistía fueron a llamar a otra bocanada.


¡Coño! Que nervios. Siempre que el ángel de los nervios le hace una grata visita a uno, cuando se es muy estúpido o estúpida, uno opta por fumar. Escribir noventa veces: la nicotina no es calmante, es estimulante.


¿Qué esperaba? El taxista fue muy amable y eso a veces desconcierta, la verdad. También era un entrometido y cretino aunque eso no es novedad.

El consultorio no estaba a más de nueve cuadras. Nueve cuadras que el tráfico, el tiempo y el taxista convirtieron en más de quince. Al bajar miró la clínica. El edificio en si tenía una buena pinta, pero ya saben lo que dicen: no se dejen llevar por los edificios pequeños con publicidad gigante. Aparte las paredes interiores estaban pintadas de naranja y eso le daba un poco de mareos y ganas de vomitar.


-Mareos y ganas de vomitar. Susurró casi gritando de excitación.


De lejos la recepcionista parecía una mujer regordeta y estúpida. De cerca la recepcionista era una mujer regordeta que tenía cara de ser la mujer mas regordeta del mundo.

-Esa maceta que casi rompe cuesta un ojo de la cara – dijo la recepcionista gorda y tonta.
-Si lo siento, siempre elijo los momentos más oportunos para tropezar con cosas que su costo puede mutilar a personas – era sarcasmo obviamente, pero la recepcionista no pareció entenderlo, luego, sin sarcasmo ya, le dijo – tengo una cita para hoy…
-Sí, lo sé, es la única cita para el día de hoy, la gente lo último que quiere es tener un hijo, ¿con quién viene?


Aparte de gorda y cretina: ciega.

No es que tenga algo contra las recepcionistas gordas y tontas, pero esta superaba expectativas.

-Solo vengo yo.

*

La primera impresión que daba el doctor era de ser un doctor muy aburrido. Para empezar los doctores siempre parecen aburridos hasta que se enteran que tienen que sacarle a uno las asquerosas tripas. Luego del rutinario, monótono y siempre largo: buenos días soy el doctor y esta es la clínica de inseminación artificial y ¿con quién viene? Preguntó el doctor y mirando el reloj dijo: no tarda en venir, lo sé y, no se preocupe siempre pasa eso. El muy soquete del doctor no entendió que solo había y habrían dos personas en esa habitación: doctor y paciente. Como debe ser, y más en una clínica de embarazos in vitro.


-Doctor –dijo, era la primera vez que el doctor se callaba - ¿Sabe? Mi sueño siempre ha sido tener un hijo, y en verdad, doy todo para poder embarazarme.


El doctor instantáneamente alzó la mirada. Al parecer alguien había dicho un excelente chiste. En serio.


-¿Qué, qué ha dicho usted?
-Solo vengo yo doctor, y sé que tener un hijo cuando no se tiene el apoyo moral o sentimental, incluso espiritual de otra persona como pareja, es difícil pero, en serio, lo anhelo. Anhelo tener un hijo. Un hijo de mi vientre –el doctor puso sus manos y talló su cien, sus dedos dibujaban un ocho: infinito –por el dinero no se preocupe, haré todo y hasta lo que no pueda, intentaré mil y un tratamientos, de verdad. Lo juro –lo juró –quiero un bebé.


El doctor escuchó atento y ahora emocionado. O algo le estaba haciendo mucha gracia o esa era la rutina.

Estaba ante alguien deseoso, eso sí. De esas personas que desean lo que quieren y no payasos que ven un zarpazo de luz en el cielo oscuro y piden que se acabe la hambruna en África.

Después de unos minutos las dos personas en ese pequeño consultorio inútil hablaron al mismo tiempo.


-No, no, dígame, usted es mi paciente… adelante.
-Solo quería decir que usted es mi última opción. He visitado miles de clínicas de fertilización y todos me han dicho lo mismo.


El doctor se emocionó por ese comentario final y la comisura de sus labios dibujaron una media luna. Inhaló aire y sus viejos pulmones quejaron como siempre. Y luego preguntó:

-¿Y qué le han dicho los demás doctores?
-Que solo las mujeres se pueden embarazar.