Hoy morí. Y no me morí por que yo quisiese morirme, es más, ni me acuerdo el porqué estoy muerto.
Como el humo de una vela recién apagada, mi alma desalojó ese disfraz caduco de carne, pellejo y huesos. Mi espíritu se elevó tanto que no pude distinguir si mi familia estaba sonriendo o llorando, yo creo que estaban llorando, porque es lo más común que la gente hace cuando alguien muere. La muerte me llegó, sí, y todo se convirtió en color muerte, hasta el viento.
Camino a mi destino todo huele a noviembre, así como a entierro o como a muerte, no lo se muy bien. Ojala pudiera devolver el tiempo, pero comprendo que llegó mi turno, y por hoy al menos es lunes, mañana inevitablemente será martes y quizás, solo quizás, el miércoles conozca a Dios, le estreche la mano como buena persona educada y le diga: Mucho gusto, gracias por enviar a buscarme pero hubiera preferido quedarme allá, no aquí que es el mas allá, sino allá que es allá solamente, pero gracias de todas formas.
Yo supongo que la muerte ha de estar loca, desequilibrada, chiflada y loca. Porque díganme si sabe alguien de qué sirve que la gente muera. La muerte: tan absurda y sinsentido. Solo la muerte apaga un amor encendido, solo a la muerte se le ocurre que las lagrimas de mi mujer y mis hijos humedezcan los ruidos, y al final la muerte solo entiende la misión de la muerte. Tanto pasar, para terminar siendo un hombre sin amor. Mientras tanto mi cuerpo se vuelve monte, pasto y posiblemente un árbol. Las larvas son ya las únicas que se preocupan por mí, alguien pisa el pasto mientras las larvas se vuelven moscas que agitan sus alas en el cielo azul.
Los humanos no hemos de comprender tal ilusión, solo un frio y absurdo pensamiento absorbe la cosa gris: no entender el mero rencor de la muerte. Siento todo cuanto pienso… me estremezco por completo.

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