Víctor Daniel Jiménez Pérez
“En la memoria de Polonio la palabra nadien se había clavado, insólita,
singular, como si fuese la suma de un número infinito de significaciones.
Nadien, este plural triste. De nadie era la culpa, del destino, de la vida, de
la pinche suerte, de nadien.”
— El Apando - José Revueltas
Si hubo un
escritor, guionista y activista político que se encargara de defender lo que se
consideraban para algunos las mejores causas democráticas fue José Revueltas.
En el pensamiento revolucionario de José Revueltas se construye, con una
entregada pasión por los sucesos que con extravíos y profundo resentimiento
marcan parte de la historia en México.
Era
identificado como un hombre total y radicalmente de izquierda perteneciente al
Partido Comunista y siempre apoyando a los diversos movimientos sociales que padecía
México en aquella época. Esta mente crítica llena de sentires revolucionarios y
de justicia lo llevó muchas veces a ser encarcelado, desde estar rodeado de “Los muros
de agua”, hasta ser un apandado en Lecumberri.
Lecumberri,
ubicada en la Ciudad de México fue una penitenciaría que sirvió hasta el año de
1976, era conocido como el famoso “Palacio negro” llamado así por las
condiciones miserables en la que trataban de vivir los presos. Allí José
Revueltas sufrió el último de sus encierros cuando decidiera unirse al
movimiento estudiantil de 1968 llegando a ser considerado líder intelectual.
Es aquí, en
este encierro que toma a Lecumberri como la escenografía cruda para poder
escribir El Apando, texto que desde sus primeras líneas hasta el último punto
expresa la experiencia carcelaria mexicana.
El sistema
carcelario sería la forma de representar y hacer valer al poder, la miseria, la
drogadicción, la sangre, las violaciones a los derechos y al cuerpo, son
factores de este régimen que va carcomiendo el sentido humano y social del
individuo y es aquí donde es puesto el texto de José Revueltas con mira a la
crítica social y siempre teniendo un gran compromiso literario.
Revueltas
era un luchador social nato que se esmeraba por escribir de lo sufrido y lo
hacía de la manera más cruda, no para dar una lección sino para demostrar que
existía otra cara de la moneda, no para informar sino para reclamar que existía
otro tipo de historias en otro tipo México que las que se contaban y se veían.
En El
Apando se expone de manera fuerte y cruda la situación por la que estaba
pasando México en los años 60’s, expresa las condiciones de castigo y vida de
los presos políticos, era una de las primeras veces donde se involucraba el
ámbito humano en un nuevo tipo de contexto social dentro de la literatura
mexicana acompañada con una prosa característica e intensa que a veces resultaba enredada y complicada,
lo que algunos pudieran percibir como debilidades, pero siempre con un uso del
lenguaje literario poderoso, casi preciado y perfecto.
El nombre
de la novela se deriva de cómo era llamada la celda donde castigaban a los
presos, es así como El Apando se convierte desgraciadamente en el lugar donde
el castigo sin misericordia se hacía presente y en una de las novelas más
importantes de José Revueltas.
Algo muy
característico de esta obra y de la prosa con la cual se escribió entre
1968 y 1969, era que no sabías a lo que
te enfrentabas al leerlo ya que el concepto lineal de la narrativa desaparece,
nunca presentías qué era lo que venía en la siguiente oración por tantos
cambios y giros bruscos, pero lo que sí sabías con toda seguridad es que era
algo muy profundo.
Revueltas
utiliza la tinta con toda intención para testificar la miseria de lo humano, no
el sentido del mensaje, sino el de denuncia. Entintó lo urbano al mismo tiempo
que lo social y utilizó las cárceles y las hizo parte de la literatura.
La
intención de esta novela corta se tomó como un atento aviso para decir por qué
se escribía en aquella época de esa manera, y por qué lo habría hecho así José
Revueltas. Se escribiría así entonces, para demostrar que los mansos pasos que
aplastan y desfilan por el mundo no son breves ni minúsculos. Porque si nos
apandan, vale la pena armarnos de letras. Y porque con la libertad no se juega.
En 1975 la
novela fue llevada al cine en manos de
Felipe Cazals. Era una de las primeras veces donde un texto como el de José
Revueltas con una crítica enorme al sistema era llevado al cine, lo que produjo
tensión, donde se mostraba sin más, otro panorama, uno más real, donde la
realidad paralela convergía y se enlazaba dejando ver un país desmoronado y
desnaturalizado en muchos de los aspectos de la vida.
Tanto José
Revueltas como escritor y Felipe Cazals como director muestran un tipo de
personaje literario y visual: el rebelde. En ambos casos el rebelde siempre se
encuentra con muchos problemas y barreras que lo hacen víctima y supuesto victimario
al mismo tiempo, envueltos en una realidad donde prácticamente se despojan los
valores humanos, olvidando por completo el sentido de ser libres algún día y
aferrándose a lo único que pueden logar: sobrevivir.
El rebelde
hace caso omiso a su condición humana y social, la cárcel no solamente les
quita la libertad, sino les quita su nombre propio, un trozo de identidad y de
civilidad puesto que la condena impuesta sirve para desnaturalizados un poco
más, porque desnaturalizados ya están, esperando la muerte como si fueran
ganado en un rastro: “La cabeza - de El
Carajo - separada del tronco, guillotinada y viva con su único ojo que giraba
en redondo, desesperado, en la misma forma en que lo hacen las reses cuando se
las derriba en tierra y saben que van a morir, desató desde el principio en
Meche y La Chata un furor enloquecido”.
El Apando refleja
mucho la violencia con respecto a un tema muy importante para el país en los
años 60’s: el uso de la represión para mantener el orden a través de la
violencia y la ley en el encarcelamiento.
Presos del
sistema, engañados por los poderosos que siempre mienten, dicen y hacen lo
conveniente, solamente sonríen y asienten y condenan: nos mienten. Y ya presos
en estas mentiras en la que todos somos pero nadie es, nos apañan dentro de
rejas y barrotes sociales en las que fingimos movernos continuamente pero sin
cambiar de lugar, y ya dentro si gritamos, si tratamos de cambiar lo impiden
metiendo tubos por cada reja, acortando el espacio, entre más tubos menos
espacio y entre menos espacio menos movimiento, así lo deja ver Felipe Cazals
en la película, de una forma tan cruda para decirnos que no hacen faltan los
barrotes, que ya vivimos apandados en un suplicio en el que ni siquiera sabemos
que estamos, estar preso es no tener sentido ni sentidos, no escuchar, no
velar, ser indolente desde la punta de los dedos de las manos hasta los pies,
no tener ni sístole ni diástole, pero mucho más feo que eso es no poder pensar,
comportarnos como marionetas y ver y sentir lo que los poderosos dicen, para no
asustarnos con la verdad, para no quedar mal, para ser un apandado y no saber
que se es.
Los
Apandados, tanto la novela como la película son dos elementos artísticos que
duele cuando lo lees y duele después de verla.
Esta
película da como resultado una posibilidad de acceder a la literatura de
Revueltas pero con los elementos visuales de Cazals, son estructuras artísticas
que juntas dan un resultado peculiar en
el que, como atinadamente se ha dicho, lo cruel de las miradas, lo crudo de la
sangre y hasta el olor de la peste, se vive aún dentro del ambiente realista de
“El Apando”, que refleja en imágenes un país fecundo y condenado a incurrir en
la pena eterna del sufrimiento infernal teniendo una referencia moral en contra
del sistema, del poder y del régimen.
En todos
los elementos visuales se puede entrever muchos rasgos de corrupción y escases
y habremos de ver entonces que el condenamiento injusto, tiene algo de mansa
verdad en los castigos de una sociedad. Habla del amor de madre, de esas que
apenas sonríen con dulzura porque se está triste y el cabello lo sabe porque
empieza a encanecer, de las que tienen las piernas como cerradas por un gran
secreto.
La historia
girará entonces en una sociedad que reprime, censura, castiga y calla, en una
celda de castigo donde Polonio, Albino y El Carajo viven más prisioneros que
cualquier preso, conviviendo con los carceleros que aún no se han dado cuenta
que también están encarcelados: “Monos,
achimonos, estúpidos, viles e inocentes, con la inocencia de una puta de diez
años de edad. Tan estúpidos como para no darse cuenta que los monos eran ellos
y no nadie más, con todo y sus madres y sus hijos y los padres de sus padres.
Se sabían hechos para vigilar, espiar y mirar en derredor, con el fin de que
nadie pudiera salir de sus manos, ni de aquella ciudad y aquellas calles
multiplicadas por todas partes…”.
Y así,
todos los apandados buscarán evadir la realidad mediante la droga, como esta
cosa que dará bienestar y placer que los dejará ser libres aun cuando estén
encadenados.
“El
Apando”, la película, hace temblar el preciso instante en que culmina, una sola
mirada que no se puede leer, es la expresión del dolor que nadie siente, porque
el dolor no tiene cara, solo llega, está allí, se siente pero no se puede
expresar aunque solo se quede parada,
sola y sufriendo.
Considero
nula la opción de que la película no cumpla los mismos trazos que el libro,
incluso se sabe que es un trabajo acertado cuando en efecto, el filme arroja
una visión ponderada y con suficientes matices para imponer una sentencia
inapelable a los sentenciados.
No puedo
terminar estas líneas sin mencionar que José Revueltas no sólo creó una
historia más con su particular prosa, sino que volvió visible y le dio una voz
pública al complicado sistema carcelario de aquella época, abriéndose camino
así ya no solamente como el hombre con la reencarnación misma de la rebeldía,
sino como al hombre rebelde en sus actos y revuelto en sus letras.
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